Te observo mientras miras la televisión. Creo que no la ves, quizá el flash de imágenes sea de las pocas cosas que te distraen. O a lo mejor el ruido de fondo te hace más soportable los gritos de tu corazón.
Sólo recuerdas aquello ligado a las emociones. O eso creo. Siempre has sido de lágrima fácil.
-¿Cuánto me quieres, abuela?
-Mucho.
-Yo sí que te quiero mucho.
- ¡Qué lástima! - me respondes, sin poder contener las lágrimas.
- ¿Lástima? ¡Pero si es algo bonito!
- Mira cómo estoy - me sueltas.Y me quedas de piedra. A pesar de la afasia, en ocasiones disparas sentencias a bocajarro.
Sí, desde hace seis años, aquel ictus cambió tu vida. Y la de todos. Pero no son negativas todas las consecuencias. Las desgracias te muestran cómo son realmente aquellos que te rodean. El dolor provocado por el abandono de muchos debería ser compensado por el inmenso amor y cuidado que te ofrecemos otros.
En estos años hemos pasado más tiempo juntas que en los veinte primeros, cuando sólo nos veíamos los domingos. Y eso no tiene precio.
Dejas reposar tus delicadas manos sobre la faldilla. Conocedora de su elegancia, las cuidabas con esmero. La izquierda, nívea, acaricia con sus finos dedos a la derecha, ahora amoratada y apergaminada, en un nuevo intento por darle movimiento a ese agotado miembro que tu cerebro olvidó volver a dar vida.
Quizás hubiera sido lo que más te habría gustado recuperar. Estoy convencida de que cada día piensas en las sábanas que te quedaron por bordar, las rebecas de punto que tejer, y todas y cada una de las labores que tanto te entretenían.
El azul de tus ojos se ha oscurecido por el desconsuelo de las pérdidas, pero siguen mostrando el brillo y la expresividad de siempre. Mares en oleaje, esos que tanto miedo te dan.
- ¿Qué es lo que más puede hacerte ilusión, abuela?
- Nada - me contestas.
- No me engañes. ¡Tiene que haber algo!
Sé que lo hay. Me lo dicen tus ojos al sonreír.