martes, 23 de agosto de 2016

La casa del pueblo

He vuelto a tu casa.

La cerradura está oxidada pero sigue funcionando el mismo truco para abrirla de cuando volvía de madrugada aquellas noches de verano.
Idénticos rayos de luz inundan el pasillo que tantas veces recorriste con muletas
para demostrarnos que sabías defenderte pese a todo. 
Faltan muebles y retratos.
Sobran penas y nostalgia.

Deambulo por la casa. 
No sé si queriendo descubrir algo u ocultarlo.
No sé si deseando encontrarte a media luz en tu sofá
o rogando perderme un poco más sin tu presencia.

Hay cosas que siguen tal y como las dejaste.
El bordador sostiene una costura que nadie acabará 
y en la chimenea reposan las cenizas de aquella Nochevieja.
En la pared de la bodega cuelga la palabra FELIZ del único cumpleaños que celebramos. 
La dejarías colgada con la esperanza de que hubiera muchos más. 
Pero ya no.

En el patio aún luchan por sobrevivir las plantas que se riegan cuando llueve.
Están tristes. Añoran las tardes de visitas y conversaciones con las vecinas. 
Te echan de menos.
Como todos. Como yo. 

Armada de valor he entrado en el desván. 
¿Sabías que nunca antes pude hacerlo? 
De pequeña temía revivir todas las películas de terror que veía entre los dedos;
de mayor me alertaron del peligro de hundimiento. 
Ahora, qué más da. Malvivo hundida desde que te marchaste.
Un baúl con telarañas, cuadros heredados y un espejo enmohecido despiertan la imaginación de esta niña que siempre se resistirá a crecer.

Me he asomado a la cocina y he creído verte frente a los fogones, 
cocinando con el mimo con el que todo lo hacías. 
Me has sonreído y he escuchado que decías: 
"¿qué he tardado? No te vayas sin cenar".

He sentido el impulso de abrir tu armario. Perdona la intromisión. 
Supongo que quería comprobar que tu perfume permanece a pesar de las carcomas. 
De una percha de madera pendía un vestido de esos que lucías cuando seguías siendo joven a pesar de las tristezas y del pelo plateado. 
Me he deslizado en su interior y he visto tu rostro en el espejo, 
el abuelo paseando contigo de la mano
y he llorado al sentir el frío de unos dedos que nunca entrelazarán con tanto amor. 

He apagado las luces antes de salir y,
a tientas,
acaricio las grietas en la pared que encuentro a cada paso.
La casa te llora.
Cierro el portón imaginando que, 
con cada vuelta de llave, 
cobra vida lo que tantos años fue un hogar.
En su interior, todos los fantasmas que ahora lo habitáis:
un perro que ladra a una jaula ya vacía,
el pequeño en su triciclo,
los mayores con pelliza y caramelos.
Tantos a los que nunca conocí pero de los que siempre supe.
Todos juntos, de nuevo.

He vuelto a tu casa. 
Te veo, os veo, despedirte tras el cristal. 
Ya no estás. Pero has vuelto.
Y tu recuerdo sigue aún más vivo que nunca. 

lunes, 30 de mayo de 2016

Lo siento

Nunca me había sentido tan desnuda como al mirarnos en la oscuridad de aquella madrugada. La enésima mirada desde la noche más bonita que había conocido Huertas, pero la primera tan sincera y frágil.
-Y mira que me habías desnudado veces-.

Nunca unos brazos me abrigaron tanto como los tuyos aquella madrugada. Yo tan herida. Tú tan protector.

Pocas palabras hicieron falta para demostrarnos que tras la coraza que usábamos para protegernos, habíamos creado una unión que no ataba pero que enlazaba demasiadas emociones como para ser real. Y no doler.

El dolor es una fina aguja que produce un daño soportable hasta que asesta su último golpe, ése que derrama la última gota necesaria para desangrarse.
Y me desangré. 
Me inundó la pena y me ahogaron unas lágrimas que nunca imaginaste posibles, pero que ya había saboreado. Tantas otras veces. 
Siempre tú, aunque nunca estabas.

La teoría decía que no éramos nada. En la práctica lo dábamos todo.
Y a ver cómo dejas una relación que no es. Pero a quién le importan las categorías. Era nuestra historia. Y nada más.  Y todo menos.  Simplemente complicada. 
En cambio, esta tarde, supe que era el fin. Parecía hacerte gracia que te recordara que ése era nuestro café de despedida, nuestras últimas caricias, las lágrimas que no me volverías a ver derramar.


Siento no haber sabido componer canciones, 
no tener los labios más jugosos que te calientan con fotos en el baño,
no permanecer impasible mientras disfrutas con otras mujeres,
no haberte sabido demostrar los sentimientos que arañaban mis entrañas,
no darte la razón en todo
ni lo que necesitabas para que te quedaras.
No conseguir hacer entrar en erupción la roca que cobijas en el pecho.


Siento haberme callado los tequiero por temor a tu huida,
-y míranos ahora-
la prudencia de no gritar a los cuatro vientos que me hacías falta, 
pensar que podías ser feliz a mi lado,
intentar volar libre como siempre me decías, 
ser tan visceral y extremadamente sensible.
Siento las palabras que se quedaron por decir
y las veces en que miraba para otro lado para no hacer peligrar tu libertad,
haber tenido más fe en ti que tú mismo,
o haber metido la pata sin pensar que lo estaba haciendo.
Soñar despierta y creer que, quizás, un día...


De lo que nunca me arrepentiré será de haberte querido más que a mí, pese a los consejos de todos lo que querían evitarme sufrir. Pero así me conociste, quitándome el paracaídas para saltar al vacío.
Ni de haber acudido a ese bar aquella (bendita) noche de lluvia, donde comenzamos discutiendo sobre si se debe o no volver al lugar donde has sido feliz, como cantaba Sabina.   
Ya sabes mi respuesta. Ya conoces cómo acabamos.


No te voy a olvidar. Tampoco lo pretendo. Nunca arrancaría los momentos más bonitos que vivimos. Pero necesito desbridar, con este pulso de enfermera que nunca supo cuidarse, las costras putrefactas de la herida para que sane hasta que deje de doler la presión de tu presencia en mi llaga.
Afortunadamente, puedes ahorrarte el trabajo de borrarme de tu vida. No tienes que olvidar lo que nunca has tenido el deseo de recordar. Permíteme tan sólo un único deseo, y es que, si alguna vez me piensas, lo hagas con la nostalgia de quien ha sido feliz y descubras que fue verdad lo que nunca me llegaste a creer. 


Gracias por haberme regalado tu tiempo. No lo sabíamos entonces, pero en el abrazo de aquella madrugada firmamos nuestra despedida. 

sábado, 9 de enero de 2016

X ha añadido una nueva foto




Y entonces descubres esa foto que acaba de subir a todas sus redes sociales. 
No parece haber cambiado. 
Parece. 
Porque sus pupilas opacas y la sonrisa sin risa hacen impensable que un día fuera 
el brillo contenido en la mirada de un niño frente a un mago
y la carcajada siempre dispuesta de quien conoce la crudeza de la vida,
lo que me enamoró.

Y ella. También está ella.

Y maldices el por qué tuvimos que pasarlo tan bien en aquel antro de La Latina,
el cuándo supiste que sólo sería una más,
el dónde guardas ahora nuestros recuerdos
- si es que acaso aún conservas alguno -,
el cómo nunca supimos qué fuimos habiendo sido tanto en cada abrazo
y el qué no supe darte para que te quedaras.

Y cierras los ojos. Pero ya nunca borrarás esa imagen de tu retina. 
Ni podrás desatar el nudo que te asfixia las entrañas cada vez que le vuelves a ver.
Ya da igual.
Podrás destrozar todas vuestras fotos. 
El corazón es un disco duro que no necesita copia de seguridad. Siempre permanecerán los negativos.
Y desde cuándo dibujamos el futuro en blanco y negro.



viernes, 1 de enero de 2016

2016, voy a por ti.



En mi bolso se puede encontrar de todo. Y de nada. Lo que nunca falta es mi agenda, consecuencia de esta mala cabeza y desastroso corazón, que siempre anda perdido y buscando(te) en el calendario. Cómo voy a hacer recapitulaciones de este intenso y caótico año si todavía no tengo ordenados los añicos en los que me ha dejado convertida y tengo pendiente tirar la basura de mis despojos.

Enero me sorprendió subida a un escenario. Escribir, que comenzó hace años como terapia, se ha terminado convirtiendo en un motivo más para vivir. Al final, esconderme tras los sentimientos ha sido la forma de mostrarme al mundo.

He conocido a personas tan interesantes a las que nunca pensé que tendría la dicha de llamar amigos y en las que nunca imaginé sentir hogar entre sus brazos. ¿Cómo carajo conseguí sobrevivir sin ellos?

Me han hecho recorrer continentes sin salir de mi país y añorar los viajes con olor a mate y mandarinas. El mar me ha dado los buenos días desde un piso 13º y el cielo me regaló sus mejores estrellas desde una buhardilla de Madrid. He visto llover en Murcia mientras conseguíamos derretir al Sol. He sido princesa en La Alhambra, vagabunda en su mirada y reina de un castillo. He añorado más días de playa y olvidado esos planes que nunca hicimos. Fuiste turista entre mis piernas y aborigen de mis ganas. He hecho más maletas que el amor, joder, y deshecho menos equipaje que ilusiones, joder.

La vida profesional no me ha dado tregua. Y menos mal. Esta profesión que nunca dejaré de defender me ha costado algún problema de salud. Pero me ha dado, paradójicamente, más vida y espíritu guerrero para seguir dando la lata. Y amigos (adorablemente frikis). Os quiero.

Las bodas a las que he acudido (convirtiendo en impar siempre la mesa) me han hecho creer que eso del "amor para siempre" y "hasta que la muerte nos separe" puede llegar a ser cierto cuando he llorado al ver la felicidad en otros ojos.

Desde que nos dejaste en abril, el patio no ha vuelto a florecer. Ni he sido capaz de escribirte un solo verso. Será que poner palabras supondría asumir tu ausencia y yo, muchos días, aún tengo la sensación de volver a encontrarte en tu sofá mientras giro las llaves de casa. Tu muerte ha unido aún más a los que siempre fuimos familia.

Hubo personas que decidieron desaparecer y, con su huida, me encontré desaparecida. Tampoco he vuelto a escribir nada alegre después de él. Ni todo lo que escribo es para ti. He olvidado ropa en habitaciones a las que nunca volveré; y en camas que fueron casa cuando regresé.
Nuestras mejores fotos quedarán en mi recuerdo. Como tú. Pero qué difícil es aceptar que no soy más que un borrador, un tachón de la libreta del primer cajón de tu mesilla, un día cualquiera del calendario, otro número más en tu agenda telefónica. La que, al parecer, no debió ocurrir, aunque no fuera eso lo que me decías entonces. ¿Desde cuándo se mantiene oculto aquello que te hace feliz?

Despido el 2015 con la pena de no haber compartido más días contigo ni haber sabido darte lo que necesitabas, pero con la convicción de haberme dejado la piel por cruzarme en tu camino una y mil veces y que, al hacerlo, me siguieras deseando con ilusión y brillo en las pupilas.
Abandono el 2015 arrepentida por tragarme todas las palabras que quise decirte por temor a que engrosaras tu muro con otra capa de cemento, pero con la seguridad de que estando a tu lado no se me ocurría que pudiera existir un lugar mejor.
Y te pido perdón por no haber conseguido derribar de una patada ese puto muro y que, por fin, me creyeras. Disculpadme aquellos a los que no supe cuidar como realmente se merecían.
El 31 de diciembre es la fiesta del preestreno. Y son las lágrimas que contuve 364 días y, hoy, han colmado el vaso.
Es otro año que sumar al silencio de tus ladridos. 

He sido agua y fuente. Piedra, papel y tijera. Bata blanca y el número en un historial. Salud y enfermedad. Borrón y cuenta nueva. Canción y poema. Capítulo y libro. Lágrimas y hombro. Escoba y escombro.

Lo más increíblemente bello de este año comenzó a latir sin previo aviso pero con el mayor deseo posible. Y no dejó de latir, ni de crecer, ni de patalear, ni de hacerme descubrir que se puede amar a quien aún no has conocido. Pero ya sí. Ya estás aquí. Y me confirmas que has llegado para ser mi razón -y corazón- para vivir.

Un año de versos, acordes, recitales, presentaciones, congresos y conciertos. Letras, ciencia y música. Familia y amistad. 
Mi vida, caótica. Mi vida, distinta. Mi vida, después (y a pesar) de todo.

Gracias, mamá. Gracias, papá. Gracias, hermana.
Por aguantarme, que ya es mucho, y resume todo.
Y por estar. Siempre.
Y por enseñarme a amar aunque a veces reniegue de este arrítmico corazón.

2016, con esta compañía, voy a por ti.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Por todo esto...ahora no.



Perderme de madrugada en el entramado de calles vestidas de niebla y hielo,
correr tras los taxis siempre ocupados de Gran Vía,
despedir trenes en Atocha,
cancelar viajes o
recorrer ochocientos kilómetros 
por compartir media hora tan sólo
pasan a ser un simple paseo cuando me abres la puerta, 
los brazos, 
el alma y tu soledad,
navegamos entre el deseo y la cautela 
y olvidamos los reproches, los echamos a patadas,
por preferir hacer hueco a los inmensos recuerdos que tenemos.

Las noches en vela con el teléfono bajo la almohada, 
esperando un mensaje que nunca suena porque acumulas copas en la barra del bar en el que otras veces derramamos nuestras ganas, 
te pasarán inadvertidas tras esos otros ojos de los que beber mientras mi cuerpo tiembla en la inhóspita cama de un hotel.

En cambio, 
a Granada nunca la han visto brillar como lo hicimos nosotros aquella madrugada desde el mirador,
la magia que creamos en el almacén de aquel bar guardaba todos los secretos de la alquimia,
y el mundo no importaba ahí fuera mientras Huertas lloraba la noche más bonita que nos pienso,
ésa en la que el Atlántico nos salpicaba sin movernos de Madrid, y entre versos y acordes descubrí que la felicidad era nuestro guión improvisado.
Cuando, minutos antes del amanecer, rendida la oscuridad y nuestros cuerpos, te acercas desnudo a abrazarme por la espalda, 
la vida, 
entonces, 
me revela el porqué, 
una lluviosa noche de septiembre, 
los dos teníamos que estar allí.

Y me fastidia decirte que me es imposible no echarte de menos. Que ojalá no doliera tu ausencia, 
ni tus desplantes, 
ni la frialdad de tu silencio, 
ni las cartas que nunca llegan 
o los dardos que siempre alcanzan.

No me gustan las generalidades, las normas, lo preestablecido ni las etiquetas. ¿Cómo, entonces, voy a catalogar lo que nunca antes había vivido?

Que no soy la chica de tus fantasías, la heroína de tus sueños ni la mujer de tu vida. Nunca provoqué tu insomnio ni viré el rumbo de tan sólo uno de tus días por cruzarte en mi camino. 
Aun así, maldita sea, me sobran motivos para confirmar que existen cicatrices que merece la pena haber lamido.

Y sé que algún día dejaré de esperarte. 
Pero también sé que,
ahora,
no puedo dejar de hacerlo.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Mostración


Acabo de volver a estar contigo. Ha sido breve. Quizá por eso tan intenso. O no, porque ninguno de los dos sabemos estar de otra manera.
Una despedida, hasta dentro de dos días, de esas a las que no se sabe poner fin. Abrazos interminables con más sexo encerrado que todas las noches de sábado en la ciudad. Mis ganas mordiendo tu cuello. Tu pasión desnudándome a golpe de miradas. La furia contenida en el roce de la piel.

Tan sólo son las 00.20 h. Voy camino de mi hotel. Me distraigo con el teléfono intentando acortar el trayecto de vuelta. Estoy excitada. Esta noche podría follar. Paso el dedo por los contactos. Sería tan fácil como escribir un whatsapp y responder a esa conversación que dejé a medias hace unos días. Justo en ese momento recibo un mensaje:

"Llegaste ya? Qué haces esta noche?"

Pero no. Me apetece follar, como siempre, joder, a quién no. En cambio, hoy, sólo me apeteces tú. Joder, como siempre. 
Subo al cuarto piso de un viejo edificio reconvertido en hospedería. Me he desnudado, pensando en cómo me lo harías tú. En cómo me lo hacías tú. Me siento con las piernas cruzadas y me pongo a escribir.


No sé, pero ahora que no estás no se me ocurre mayor demostración de amor.


(No volvimos a vernos dos días después. Ni dos semanas más tarde. Quizás este texto nunca ocurrió. O sí. O tal vez debamos desaparecer para encontrarnos).


martes, 29 de septiembre de 2015

Imagina

Kurka

Imagina el primer día de libertad de un preso que nunca fue culpable.
La calma de las dudas silenciadas a la orilla de un mar en oleaje.
La paz que inunda el canto de un grillo en mitad del bosque.

Imagina la ilusión contenida en los ojos de una niña que cree haber encontrado el mapa del tesoro.
La seguridad que produce el sonido de tus llaves a medianoche.
El reposo de un peregrino que siente bombear su corazón en cada una de sus heridas.

Imagina la esperanza de unas manos entrelazadas en la fría sala de un hospital.
El consuelo en los brazos de una madre.

El temblor de mis labios al pronunciar cada palabra cuando me pediste unos versos al oído
es comparable
al nerviosismo del que consume su única oportunidad en el examen que hará cambiar su vida.

Imagina el bienestar al descalzarte, tirar la china del zapato y dejarte bailar,
sin música, 
sobre sus pies desnudos.
La complicidad de los secretos revelados a media luz, 
la gratitud de la mirada confiada pese a todo.

Imagina el placer de una ducha compartida,
las palabras que no llegué a escribir en el espejo empañado
y la calidez de tu piel templada.

Imagina el entusiasmo del parado al firmar su primer contrato,
el alivio del que moja sus labios tras cruzar el desierto
o la felicidad del refugiado que encuentra un hogar más allá del campamento.

Imagina el escalofrío producido al soplar los deseos a ese cuello descubierto de mentiras,
al recorrer tus dedos con mis yemas 
o al sentir el cobijo de tu cuerpo moldeando mi figura.

Imagina las últimas palabras de quien sabe que va a morir.
El último beso que él reconoce que será el último. Aunque tú no lo sepas. 


Imagina que todo eso
es lo que me has hecho sentir.

Y, 

ahora, 

dime:

¿cómo quieres que me olvide de ti?

martes, 22 de septiembre de 2015

De jugar a ser felices

Kurka

Has llegado con el final del verano, como esos últimos días de calor que son la esperanza frente a la amenaza de los cielos grises.
Te vas con el inicio del otoño, con el escozor de los arañazos que marcan la estela de días fríos y huracanes de hojas muertas, para confirmar que la melancolía son tus besos que me faltan.

Dejarse la vida es la única manera que entiendo de vivir(te).
Que no me hablen de contradicciones los que ni siquiera me conocen.
También dicen que el amor y el juego andan reñidos. Qué falacia es ésa.
El azar marcó el escenario. De jugar a ser felices
se encargaron nuestras ganas de agotar los ysihubiera.
Y lo fuimos.
Doscientos quince o trescientos uno podrían ser unas simples cifras más,
la terminación de tu número de teléfono,
los días que le faltas al calendario,
las habitaciones de un hotel,
los kilómetros que nos separan - o nos acercan-
o aquellas con las que apostamos todo en el boleto que nos hizo a ambos ganar.


Me basta mirar tu foto para saber dónde quiero estar.
Lo malo bueno de los recuerdos es que no tienen fecha de caducidad. Y puedo
sentir tu aliento cuando el viento revuelve mi melena,
escuchar tu voz en los acordes de las más tristes canciones,
vivir tu libertad cuando los pájaros del parque despliegan sus alas
o erizarme cuando la lluvia me cala los huesos,
como tu lengua lo hacía al recorrerme las caderas.

Los atardeceres de domingo seguirán pesando si no estás
y los despertadores volverán a clavarme sus agujas cada mañana.
Tú, que en sólo unas horas conseguiste volverme adicta a despertar a golpe de gemidos
puede que incluso hayas olvidado mi nombre ya.

No sé si te apetecerá volverme a ver. Yo, seguramente, jamás seré Ella.
Tan sólo quiero que me anheles en las noches frías de un invierno cualquiera,
que me pienses en la pasión de las despedidas de estación,
o que imagines mi sonrisa perdida en tus pupilas.
Yo, seguiré aquí, por si decides volver,
en el silencio de un viejo vagón abandonado,
con la impaciencia de una llamada a medianoche.

Por si decides volver.

Por si decides
inventarnos las reglas de esos juegos en los que resulta imposible perder.

domingo, 23 de agosto de 2015

Te hablo de


Oscuridad. La persiana sólo deja pasar tres finas líneas de luz sobre la cama. Las farolas no iluminan. El eco de tu voz que no se apaga. Las sábanas permanecen arrugadas en mis pies.

Son las 00.30 h. Pero podrían ser las 3.47 h.

También podrías estar aquí. 
Y no importarían los relojes. Ni la sombra de tu almohada, fría, reflejada en la pared de enfrente. Ni este calor pegajoso. Ni el sonido ronco del viejo ventilador.

Podrías estar aquí.
Y quitarme este miedo a necesitarte. Y estas ganas de gritarle al mundo que se ahorre las noches de alcohol y nostalgias, si es que acaso no son lo mismo.

Pero no estás. 
Abrazo al insomnio como salvavidas. Si cierro los ojos te sueño. Y ya me cansé de pellizcarme en cada amanecer y de matar margaritas en tu nombre.

Podrías estar aquí. 
Y tapar mis labios con los tuyos, lamernos las heridas y saciar este hambre de gemidos.
No te hablo de quererme. Temo tu huida más que al amor.

Te hablo de erizarnos la piel al mirarnos. De bebernos el sudor de los orgasmos. De soplar dientes de león un domingo por la tarde. De salpicarnos en el rompeolas. De escribirnos versos en aviones de papel. De bailar bajo la lluvia. De desgañitarnos en la primera fila de un concierto. De vaciarnos de obligaciones y llenarnos de besos en cada esquina. De llorar en un cine de verano. De correr tras las palomas y dejar pasar el metro para no tener que separarnos ya. 
Te hablo de deseo, de ilusiones, de pasión, de locura, de carcajadas, de volar, de seísmos, de libertad y cosquillas, de cruzar en rojo, de entusiasmo y confianza, de atreverse a saltar sin red.

Te hablo de vivirnos.

Pero tú, 
aún, 
no te has enterado.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Homicidio


Volví al lugar de los hechos

pero ya nada sería igual.

Ni siquiera mis pisadas, haciendo coincidir 

punta y talón. Principio y fin.

Volví al lugar de los hechos,

donde dicen que vuelven los homicidas,

pero nunca te encontré. 

Será porque tú disparaste a mis sueños

pero fui yo quien mató mi libertad.

domingo, 9 de agosto de 2015

Nuestro mayor acierto


No volvimos a vernos. 
Será por eso que no he podido olvidarte.

Las peores despedidas son aquellas que no nos atrevemos a reconocer y acaban cargadas de hastaluegos, 
como si al día siguiente volviéramos a quedar  en la cafetería que hay debajo de tu casa, 
ésa a la que nunca fuimos por preferir consumir las horas en tu cama.

De la misma manera en que no te creí cuando me decías ser tu perdición, 
tampoco puedo creer que hayas borrado los recuerdos tan fácilmente 
como cuando de pequeño echabas a perder las fotos del verano 
al velar el carrete de la cámara del abuelo.

Los recuerdos son lo único que no perdemos a pesar de las mudanzas. 

Qué importa que en otra cama recorriera tu cuerpo desnudo, sediento de todo lo que no supieron darte.
O que sobre otro sofá me confesaras todas esos proyectos que mantenían tu ilusión, esas vidas que inventábamos sabiendo que nunca íbamos a ser más felices que 
allí 
entonces.
O que cambies de casa y de barrio. Incluso de aquello que llaman hogar.
Qué más da que busques placer entre otras piernas por intentar llenar el ego de un corazón cobarde.

Cuando despiertes en la noche pensarás en cómo hubiera cambiado todo si la silueta que descubres en penumbra fuera la mía.
Habrá momentos en los que te vengan a la cabeza todas las historias locas que me empeñaba en vivir, y descubrirás que me piensas con una sonrisa en los labios. Ésa que hace tiempo no te devuelve el espejo.
Al pasar por el portal del piso en el que tanto reímos, y sudamos, aparecerán las escenas del primer refresco a medias, de mis bragas en el suelo de la cocina y el improvisado tatami que siempre fue tu colchón.
Pasarás por las mismas calles que recorrimos en nuestra primera cita. Te pararás, con ella, frente al escaparate de esa tienda de antigüedades que tanto te gusta y me verás reflejada en el tiovivo de marfil.

Te darás cuenta del frío que producen los orgasmos sin pasión, los gemidos sin compás y el sexo que humedece pero no calienta. Anhelarás relamerme los pezones y acariciar mi pelo enredado entre tus dedos, 
tanto, 
como convertir en una tarde de verano las noches frías de Madrid.

Esa tarde supe que ya no habría más. 
Evitaba hablar de ella. Tampoco tú parecías acordarte. 
Y nunca me atreví a preguntarte por qué hiciste especialmente bonita una historia abocada al dolor. 
Jugaste tan bien tus cartas que llegué a creer en la magia sin trucos y en chisteras rebosantes de futuros. Como si eso fuera posible.

Pero, ¿sabes?, 
no quiero volver a sentirme un error 
si encontrarnos fue nuestro mayor acierto.

domingo, 26 de julio de 2015

Hagamos un trato




Yo te doy cobijo, mantengo el agua limpia y fresca, las semillas crujientes y el nido acolchado, te enseñaré a volar sin que tus frágiles patitas se fracturen si te caes, no habrá jaulas que te anulen ni peligros que te asalten.

A cambio, préstame tus alas y enséñame a amar. Libre. Con la libertad del que, aun teniendo la puerta abierta, siempre, siempre, sea aquí donde quiera(s) estar.

jueves, 9 de julio de 2015

Cómo fue

No recuerdo exactamente cómo fue.

Lo curioso es que la última vez que nos vimos 
habíamos tenido el encuentro más bonito que nos pienso.
Con promesas que sabían a verdad y confesiones capaces de amansar un corazón fiero.
Me pedías volverme a ver, escapadas a la playa, un avísame cuando vengas, un siempre tú...
un nunca yo.

Sé que un día dejaste de responder mis mensajes.
Y a mí,
cada día,
parecía escocerme menos la herida.

Lo que para ti eran 400 kilómetros que me alejaban
para mí
eran 400 kilómetros más cerca.

Supongo que entendíamos la valentía de manera diferente:
sobrevivir con la coraza puesta 
o mantenerse en pie con el corazón en la mano.
Será por eso 
que terminaron por matarme tus ausencias
mientras a ti 
te rebotaban mis presencias.

No recuerdo exactamente cómo fue.

Las noches ya no volverán a ser estrelladas
ni olerá a café recién hecho en tu cocina.

Si recuerdas cómo fue,
ayúdame a escribir mi despedida.

lunes, 6 de julio de 2015

Me voy

Kurka

Me voy.
Tras la ventana, en el andén de la estación, reconozco la ilusión de un amor que comienza en los labios de una pareja. Podríamos ser nosotros. 
Pero tú no estás.

Me voy.
Al otro lado del pasillo una chica recibe la llamada del joven con el que ha compartido todo el fin de semana. Las noches. Pero también las mañanas. Y esas horas de la tarde en las que no sabes si alargar la siesta, quedar para un café o escribir el mejor de tus poemas. 
Que si llegó bien a la estación, que si encontró billete, le pregunta. Que ha disfrutado de estos días con ella, que cuándo habrá próxima vez, si habrá próxima vez, le confiesa.
Miro la pantalla de mi teléfono. Pero tú no estás.

Me voy.
Cierro los ojos y rememoro cada secuencia de la boda a la que asistí ayer. Recuerdo que lloré. Yo, que no entendía que lo hicieran los demás. Lloré. Y lo hice al darme cuenta de que el amor sí que es posible, que no es sólo cosa de los padres, que hasta ahora he intentado convencerme de que no era más que un invento de la gente para no sentirse solo.
Yo, que amé. Yo, que amo. Pero no me amaron. Pero no me aman. 
Abro los ojos, hinchados, y miro el asiento de al lado, vacío. Porque tú no estás.

Me voy. 
Recibo un whatsapp. "Va a ser niño. Acertaste", junto a la foto de una ecografía. 
Me invade la alegría de una nueva etapa, el motor para luchar un día más que será un día menos para ver la cara de mi sobrino. 
Abro la puerta a un instinto maternal que llevaba aporreándola tanto tiempo que ya había dejado de escucharlo. Para qué, si tú no estás. Ni estarías. 

Me voy. 
A medio camino paramos a descansar. En los asientos del fondo una chica se retuerce de dolor, hecha un ovillo, mientras su amigo la abraza, la tranquiliza y le dice que no se mueva, que ahora le trae algo para comer.
¿Recuerdas cuándo ha sido la última noche en la que el dolor no me dejó dormir? ¿Si mi corazón sigue latiendo tan caótico como tu vida? ¿Si tendré que operarme otra vez?
No sé qué sentiría si me llevaras un vaso de leche caliente a la cama, si calentaras mis pies con los tuyos o me preguntaras si está todo bien. 
No lo sé. Porque tú no estás. Ni estuviste.

Me voy. 
Activo Spotify para escuchar las canciones de aquel concierto al que fuimos juntos y que seguramente hayas olvidado ya. Como el resto de viajes. Como todos nuestros encuentros. 
Por intentar sentirte más cerca le doy al play de la misma canción que se supone que estás escuchando ahora. Desde tu habitación mientras escribes. O desde la cama de la chica con la que me entierras. 
Porque, claro, tú no estás aquí. 

Me voy. 
Con el regusto amargo de que sea tu silencio el que haya dicho "no me importas. Márchate".
Sin abrazo. Sin despedida. 
En silencio, me voy. 

miércoles, 17 de junio de 2015

He llegado

He llegado a ese punto en el que puedo pasear por el parque y ver a las parejas hacerse arrumacos en los bancos sin que me acuerde de ti. O sentarme en el rompeolas a esperar la furia del mar sin añorar el ímpetu de tu lengua entre mis piernas.

Estoy en ese instante en el que no distingo el sabor amargo de los sueños que (ya) no se cumplirán del dulzor de las batallas que ganamos. El color de mis vestidos no distinguen un entierro de una boda y saludo con la misma indiferencia al cabrón del 4° que al atractivo chico del 2°. 
He vaciado mi esencia y me perfumo de esperanzas caducadas cada mañana.


He llegado a esa situación en la que aprendes a escuchar la ausencia de llamadas. Mi teléfono no suena ni me apetece que lo haga.
No esbozo las instantáneas que nos quedaron por hacer con la excusa de volver a vernos ni me escuece ver tu sonrisa en las fotos de esas a quien sí preferiste volver a ver.


He llegado al extremo de que la ilusión por que llegue el fin de semana para dar un portazo en la oficina y olvidar responsabilidades y reuniones de las 8:30 sea la misma que la de un niño rico por estrenar un videojuego nuevo: ninguna.
Al revés, creo que comencé a cargarme de horas de trabajo para pensarte menos y enfermar más.


He llegado a ese momento en el que me he acostumbrado a que me hieran en lugar de a que me quieran.
Será que, al final, acaba siendo lo mismo.


Desde que mastico las piedras del camino como si fueran un manjar, he matado mariposas hasta extinguirlas y mantengo el peso necesario para no salir a flote si me hundo.
 

Ya no pido que me hagan el amor; tan sólo que me lo hagan con cariño. 
He aceptado que las promesas duran menos que los cigarros que te fumabas después. 
Después de empujarme al vacío para que amortiguara el golpe si caías. Pero ni siquiera tropezaste con mis miserias cuando me abriste en canal. Siempre te gustó pisar sobre seguro.



He llegado a ese lugar. 

He llegado. Y me he dado la vuelta.


lunes, 8 de junio de 2015

El plan perfecto


De eso que piensas que si un plan resulta perfecto, 
no puede ser para ti. 
Y
sin embargo 
una vez 
lo fue. 

Me recuerdo esperarte ansiosa, 
la llamada que nunca llega, 
el latido acelerado de tu encuentro, 
la titubeante voz de mis deseos, 
tus furtivos dedos en mi espalda, 
nuestra prisa al desnudar secretos 
y la furia de follarnos lento. 


Leías a Bukowski en voz alta, con el mar de fondo y mi sonrisa enfrente. 
La abarrotada playa era un desierto a nuestros ojos, en el que tú siempre eras mi oasis. 
Lo supe entonces. Lo confirmo ahora. 
Cuando más desorientada estaba, aparecías con tu abrazo al sur de mis caderas y volvía a encontrar la estrella polar hasta en las noches de luna llena. 
Pero te vas. 
Y los días vuelven a ser el caleidoscopio de los sueños que nunca tuve.


De eso que piensas que si un plan resulta perfecto, 
no puede ser para ti. 

El botellero sólo aguanta el peso de la botella de vino que quedamos por abrir. 
A veces soy tan ilusa que creo que algún día brindaremos mientras arreglamos nuestro mundo mirándonos de nuevo a los ojos. Mientras, seguirá cubriéndose de polvo para devolverme un reflejo cada vez más tenue de aquellos días sin reloj.


De eso que piensas que si un plan resulta perfecto, 
no puede ser para ti. 
Porque nunca he sabido qué hacer con mi vida, 
pero sí con quién hacérmela vivir.

Yo, que siempre escribía desde la miseria, el rechazo, la desilusión y la decadencia, llegué a sentir que las palabras no querían volver y la hoja siempre estaba en blanco cuando le hablaba de ti. 
Y qué importaba, 
si tú 
estabas allí.

Siempre fui de amores imposibles y de sueños improbables y, ahora, me encuentro navegando entre ficción y realidad por si, en una de ellas, me ofreces el salvavidas o me indicas la dirección del naufragio. 


De eso que piensas que si un plan resulta perfecto, 
no puede ser para ti. 
Y
sin embargo 
una vez 
lo fue. 

Así que no voy a convencerte para que te quedes. 
Pero...quédate. 
Y volvamos a la 129 de aquel hotel.


Ya ves, 
si lo pienso, 
hay algo bonito detrás de reconocer 
que te echo de menos. 
Pero es una mierda 
que 
no 
estés 
aquí.